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Salvar a la patria

viernes, 26 de abril de 2013

Salvar a la patria

Producto del estallido del sistema político, después de una década de recetas neoliberales que destruyeron el aparato productivo del país y empujaron a millones de argentinos a la exclusión, probablemente las elecciones presidenciales de 2003, de las que hoy se cumplen diez años, hayan tenido, desde el principio hasta el fin, uno de los recorridos más atípicos de los que se tenga memoria.

En efecto, la convocatoria a los comicios sobrevino después de una profunda crisis institucional, que en una primera instancia, a través de una ley del Congreso, convocó a elecciones a la vez que simultáneamente designaba un presidente de la Nación interino. 
Más tarde, cuando ese presidente a los pocos días abandonó el poder, se volvió a convocar a elecciones en un régimen que representó una mezcla de Ley de Lemas e internas abiertas al mismo tiempo. 
Para nosotros los radicales en particular fue un escenario sumamente complejo y difícil. Teníamos que remontar el estrepitoso fracaso del gobierno de la Alianza y el desgajamiento por derecha con la candidatura de Ricardo López Murphy y la siempre vanidosa candidatura de Elisa Carrió. 
Si asumimos la responsabilidad de representar al radicalismo, obviamente, es porque no queríamos abandonar una opción política instalada en la memoria colectiva de los argentinos y aprovechar esas pésimas condiciones para reinstalar un discurso de contenido nacional, popular, democrático y progresista. 
Obtuve un magro resultado del que, por supuesto, no me vanaglorio. Pero sí estoy orgulloso de haber luchado. 
También éramos conscientes de que los sectores del establishment pretendían una salida de la crisis por derecha. Y no sólo soñaban, sino que trabajaban activamente para que el diseño de la segunda vuelta terminara en un ballottage entre Carlos Menem y Ricardo López Murphy. Lo que se dice "pan con pan, comida de zonzos". 
En el último tramo, la elección –confirmando el carácter atípico del que hablamos al principio de esta nota– finalmente dejó a los ciudadanos sin segunda vuelta. 
Tal vez, fue la última carta que se jugaron los poderes fácticos: Que naciera un gobierno de escasa legitimidad, que el día de mañana pudiera ser fuertemente condicionado o incluso desplazado. 
Por eso la noche del 27 de abril, cuando se conocieron los resultados, con mi compañero de fórmula Mario Losada, no lo dudamos un instante. Nos plantamos frente a las cámaras de televisión y anunciamos que si había segunda vuelta íbamos a votar para frenar el retorno del populismo liberal al gobierno. 
No hizo falta que emitiéramos ese voto porque el candidato de ese sector político abandonó la pelea, en otra maniobra tendiente a engendrar un gobierno débil y condicionado. 
Felizmente nada de esto ocurrió. Pero en esos días había que tener la cabeza muy fresca, las orejas muy abiertas y los ojos despiertos, porque cualquier traspié hubiera resultado nefasto para la democracia y para el bienestar cotidiano de los argentinos.
No nos arrepentimos de nuestras decisiones. Si miramos la política desde nuestras carreras personales, tal vez nos hubiera convenido especular y no presentarnos a las elecciones o que el candidato fuera otro. Pero no eran tiempos para especular. Ahí sí que había que salvar a la Patria y a la Democracia. 


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