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Desde el 2003 la UCR ha tenido un rumbo erratico

miércoles, 22 de mayo de 2013

Desde el 2003 la UCR ha tenido un rumbo erratico

Aún desde antes del derrumbe del Gobierno de la Alianza, el radicalismo venía trastabillando y desorientado respecto a su histórica identidad política, precisamente, por el profundo desvío que las políticas implementadas por Fernando De la Rúa significaron, no sólo para los radicales sino para el conjunto de los sectores sociales que reclamaban el cambio del paradigma neoliberal.

Ya en ese entonces el partido había abandonado la práctica del debate político y todos sabemos que donde no hay discusión política no hay política.

Por esa misma razón, desde el 2003 en adelante el partido ha tenido un rumbo errático que, por ejemplo, lo llevó a votar en contra de la estatización de las AFJP a la vez que lo hizo a favor de la nacionalización de YPF.
El mezclarse en un ejercicio sistemático de oposición con sectores parlamentarios representativos de un pensamiento liberal o conservador no hizo más que acentuar la licuación de su identidad nacional, popular, progresista y democrática.
La suma de vanidades personales de algunos dirigentes que pregonan –algo en lo que no creo- que es necesario unir la oposición pero no han dejado pasar la oportunidad de dividir al radicalismo, aunque más no sea para servir sus propias candidaturas, muchas veces efímeras, expresa cómo la mezquindad y el egoísmo personal se han puesto por encima de las definiciones políticas.
Cuando a un partido le pasa eso es grave, porque la política es, por definición, una actividad colectiva.
El radicalismo tiene la oportunidad de volver a ser una fuerza respetada y gravitante pero si es capaz de entender dos cosas: que no debe seguir definiéndose por el anti y que debe volver a ser un partido programático, como el que nos legaron las gestiones de gobierno de Arturo Illia y Raúl Alfonsín.
Antes que pensar en cómo ganar una elección, el radicalismo debería reflexionar respecto a cómo reconstruirse como una gran fuerza política y en qué vereda pararse para lograr ese objetivo.
Está claro que la profundización del modelo democrático iniciado en 1983 no sólo significó grandes avances en materia de derechos civiles sino que, a la vez, ha implicado, alrededor de la puja distributiva, un cambio sustantivo en las relaciones de poder. Ese nuevo mapa no admite ambigüedades.
No se trata de pararse ni al lado ni enfrente del relato gubernamental. Pero, ineludiblemente, sí se trata de dilucidar en cada conflicto y en cada caso de qué lado está el interés nacional y del conjunto de la sociedad y de qué otro lado están los intereses corporativos, sectoriales o individuales.
En este ejercicio, que sólo puede hacerse al amparo de nuestras propias convicciones, de nuestra historia y de un programa político, el radicalismo puede volver a ser un partido de mayorías, o parte de un conglomerado que recoja las mejores experiencias de la democracia que Raúl Alfonsín y nuestra generación recuperó en 1983.


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